Luna mentirosa

Luna mentirosa, historias a la luz de la luna. Pero no te creas todo lo que la luna te dice

nada que decir

-¿Alguna vez me quisiste?

-Sí

-¿Y tu a mí?

-Claro, ya lo sabes

- No lo sabía

-Bueno, ya no importa, lo que no se dice, no existe.

Entries feed - Comments feed

La casa de muñecas

21July

A las siete el ambiente de la casa cambia. Las niñas a la habitación y madre a la cocina. Padre llega. Las palabras que arañan y quiebran la voluntad se despiertan. Madre está harta, padre calla. Madre sabe que se equivocó, pero después de veinte años, en su castillo de excusas, se han tapiado las salidas. Así que aguanta. Padre no entiende, piensa que ella sólo le quiere torturar. Las niñas salen del escondite y van a cenar. El silencio les muerde.

Las niñas se acuestan y los mayores se golpean.

La mayor le pregunta a la pequeña si duerme y nada le contesta. Oye la cabeza de su madre golpear contra la pared y se mete bajo las mantas. Ya ha aprendido a no necesitar mucho aire, la linterna calienta todavía más su desesperación, la radio, muy cerca de su oído, apenas le deja espacio para pasar las hojas. El cuento que lee se está terminando pero no le gusta, así que no puede dejar de imaginar lo que pasa en la otra habitación.

Empieza y termina otro libro. Son las seis de la mañana, odia el colegio y todavía no tiene sueño, pero las pilas de la linterna se agotan. Alarga el brazo hacia debajo de la cama y una descolorida caracola entra en el mundo de debajo de las mantas.

La apoya en el oído y se duerme escuchando el mar golpeando contra su tristeza.

Ej.1: "la vieja"

24October

Abrió los ojos, pero no podía ver. Intentó frotárselos pero su mano apenas pudo moverse. Quiso pensar pero su cerebro tampoco respondió. No recordaba su nombre, ni donde estaba. Palpó a su alrededor, estaba sentada en una silla, pero algo la sujetaba y le impedía levantarse. Pudo oír la televisión y a varias mujeres hablar a lo lejos. Decidió pedir ayuda. Las palabras no salieron de su boca. Solo fue capaz de emitir una especie de gemido que era más animal que humano. El blanco cegador desapareció con el paso de los minutos y percibió varias sombras a lo lejos. De nuevo intentó pedir ayuda. Fue inútil. Durante un segundo se hizo la claridad, reconoció sus manos, estaban arrugadas y sucias, poco a poco empezaban a moverse, recordó que era vieja . Miró su ropa, estaba sucia. Restos de comida se paseaban sobre ella. Intentó quitarse la chaqueta para sacudirla pero una especie de chaleco se lo impedía. Buscó la llave, una cremallera, pero no había nada semejante. Comprendió que estaba atada a la silla. Después de una hora había conseguido sacar los brazos de las mangas del chaleco, pero seguía sin poder levantarse. Sintió ganas de orinar. Gritó con todas sus fuerzas pero lo único que salía de su boca era aquel lamento seco. La ansiedad se desbocó. Ya casi no podía respirar pero con ayuda de los brazos intentó levantarse varias veces más. La silla se tambaleaba y pensó, que quizás, si caía al suelo podría desligarse de sus ataduras. Alguien le dijo. - Para.

Miró a su derecha pero apenas distinguió una figura, intentó tocarla; pero un manotazo en los dedos, la paró en seco. Entonces, se tiró al suelo. Su rostro golpeo contra la baldosa y la niebla se volvió roja. Sintió como su clavícula se rompía en pedazos. Estaba empapada en orina, el olor se le metió en el cerebro. A lo largo de las horas el frío se la fue comiendo poco a poco, empezó por los pies y cuando llegó al corazón, se relajó, por fin iba a morir.

Lo último que oyó fueron unos gritos a lo lejos: - ¡Niñas!, ¡ayudarme!, Isabel se ha caído de la silla de ruedas. ¡Llamar a la doctora, rápido! - Por Dios Isabel, ¿cómo no avisaste?, dijo la enfermera arrodillándose a su lado.

Quiso abrir los ojos pero no pudo. La sangre golpeaba su cabeza con fuerza. Fue el dolor del brazo el que la devolvió a la realidad. El pánico la oprimió. Estaba en el infierno, ahora lo sabía. Vomitó. Un lamento, dos, tres… cien.