Luna mentirosa

Luna mentirosa, historias a la luz de la luna. Pero no te creas todo lo que la luna te dice

***

17January

Lo malo de las claraboyas es que sólo te dejan ver un trocito del cielo, así que Inés tomó por costumbre trepar al tejado para ver la luna. Bajo su reflejo y encaramada sobre la pizarra negra, observaba a través de las ventanas del mundo e inventaba vidas felices. La verdad no sabía si esas personas ya lo eran, pero lo hacía, por si acaso.

Esa noche de julio, subió para no olvidar. Buscó en las heridas de su memoria, cerró los ojos y se dejó llevar. Todos los secretos, las canciones, los mensajes en la arena, el maquillaje barato y los tacones regresaron de golpe.

Pero sus recuerdos siempre terminaban en una curva del camino a la playa.



Lo más difícil había sido reinventarse.

Una nueva amiga, una sonrisa aquí y otra allí bastaron para que nadie dudase de que todo hubiera pasado ya. Era mejor así, estaba más tranquila.

Buscó en su bolsillo la pulsera, pero junto a ella había una tiza. Fue inevitable ponerse a pintar.

- Una por ti, otra para ti y esta...para cuando te vuelva a ver.

Mientras decenas de flores brotaban a su alrededor, le hablaba a la luna, que aunque aquella noche estaba llena de charcos, brillaba como nunca.

Un mensaje entró en el móvil. Respiró profundo y regresó a su habitación.

Mientras encendía el ordenador pensó que lo malo de volver a empezar es que te obliga a cambiar a la fuerza, pero lo bueno es que te permite hacer unos arreglitos y ser mejor.

A la mañana siguiente, cuando bajó para ir a clase particular, no podía creer lo que pasaba, miles de flores blancas caían del cielo. Se quedó quieta imaginando una explicación y deseando que no terminara nunca.

Fue entonces cuando la brisa de levantó haciéndolas bailar a su alrededor.

*

20December

- Hola abuela....¿cómo estás?- le pregunté mientras la abrazaba todo lo fuerte que ella podía soportar.

- Hola guapa-, me dijo sonriendo.

Me senté en el borde de la cama y pregunté de nuevo:
- ¿Cómo estás?

- Estoy bien, gracias.

Alargó la mano y me apartó el pelo de delante de los ojos, como siempre. Cogió una orquilla de la mesilla y me la dio.

- Póntela que no te veo los ojos.

Me la puse con un gesto cotidiano.
- Mira abuela te traje margaritas blancas, son las que te gustan , ¿no?.

- A mi me gustan todas.



Miró a mi madre.

- ¿Me puede traer agua, por favor?, tengo sed.

Yo me eché a reir.

- Abuela , ¿tratas de usted a tu hija?

- No es mi hija, es la enfermera que me cuida.

- Abuela , ¿quién soy yo?- le pregunté con un nudo en la garganta.

- Pues...ahora no caigo.

El día que mi abuela me olvidó se borraron los primeros cuentos, los bocadillos en el parque, los vestidos de lazos y mi bicicleta rosa.

Ej. 5

6December

Tengo que reconocer que aunque no la mereciera llegó a ser lo mejor de mí. Tardé años en darme cuenta de lo que tenía a mi lado, pero una vez que lo hice, me convertí en su sombra.

Pero ella era independiente hasta de mí y aunque me duela, llegó a formar parte de la vida de muchas personas. Las mujeres aguardaban en la puerta por si pasaba por allí para invitarla a comer, los niños la iban a buscar para jugar en la playa... ¡era la mejor haciendo túneles hacia el centro de la tierra! Los viejos la esperaban para dar el último paseo al atardecer. No le importaba ni el aspecto ni el contexto, era valiente para ser libre y para disfrutar. Disfrutó tanto, que volvió embarazada. ¡Dos veces!

La verdad no me importó mucho.

Aún así, siempre se mantuvo fiel a lo nuestro. Mi mundo cambiaba, pero ella permanecía. Le debo unas cuantas cosas, pero la mejor fue que me escogiera y que estuviese a mi lado, por que sí.

Se sentaba tranquilamente en el salón viendo pasar a los hombres de mi vida, todos intentaban ganársela, pero ella me miraba y me guiñaba un ojo.

Éste... tampoco.

Una vez creo que incluso me salvó la vida.

Pero cuando murió nadie entendió tanta pena. Sólo se trataba de un perro. Tampoco comprenden que sus cenizas sigan a mi lado.

Es que tengo miedo de olvidar.

Ej.3 La maleta

12November

Desde hacía años sólo cenaba una taza de leche caliente con un poco de pan, así que, no tardó más de diez minutos en dejar recogida la cocina. Fue hacia la chimenea y besó la foto de su hijo fallecido hacía veinte años. Mientras la abrazaba, rogó a Dios una vez más que esa fuera la última noche. Apago la luz y se fue a su habitación.

Sacó la maleta del armario. La revisó de nuevo.

El traje oscuro, los zapatos negros, una combinación gruesa, las medias negras, una braga nueva, su rosario del padre Pío y las dos monedas para el barquero que la llevaría al otro lado.

Todo estaba en orden. Cerró la maleta y la puso al otro lado de la cama.

Se puso el camisón y sentada en el borde del lecho rezó un padre nuestro y un ave maría. Tomó la pastilla para el corazón con un sorbo de agua y se acostó. Apagó la luz.

Se despertó antes que el sol. Guardó la maleta en el armario y se vistió para ir a misa.

Ej.2: Mi jardín de margaritas

4November

Mi jardín de margaritas

El sendero de las colmenas era un camino ya recorrido muchas veces. Pero la pequeña casa de piedra entre los olivos, las enredaderas abrazando las ventanas y las matas de amapolas rojas, le parecieron distintas. Las hojas plateadas ya no cantaban. Las adormideras miraban hacia otro lado. La hiedra ocultaba celosamente los cerrojos.

Cuando entró en la casa no hubo forma de pararlo, una tempestad se desató en su cabeza. Paredes cubiertas de fotos lo miraban desvistiendo su calma, todos los fantasmas exigieron su atención
Pensó en el cielo y también en el infierno. Finalmente lo había hecho, había roto su promesa. Su maldita moralidad no había servido para nada, sólo era una mentira más. Recordaba las palabras que Violeta le había repetido en muchas ocasiones:

- Tranquilo Mario, no me lanzaré al abismo…es pecado y no quiero ir al infierno.

La primera vez que la confesó no dio crédito a las palabras de aquella joven. Pensó que estaba loca. Pero domingo tras domingo, a lo largo de los años, las súplicas de aquella joven eran tan sentidas, era tal su desasosiego que tuvo que creer.

Hay personas que hablan con Dios, otros tienen a su conciencia...pero a Violeta, la Muerte es quien le murmuraba al oído.

Cada día podía escucharla: hoy es un buen día para morir, ¿no te parece, Violeta? Ella siempre rezaba mucho para no escucharla.

La Muerte trazó un plan para minar su voluntad. No, no se trató de llevarse todo cuanto amaba, fue mucho más creativa. Le regaló a Violeta la capacidad de sentir las mentiras que las personas esconden tras su verdad. Funcionó. La hirió de muerte.

Violeta aprendió demasiado pronto que las cosas nunca son como parecen. Esto la hizo especialmente sensible a las heridas de los demás. Los agravios, los vacíos, el silencio…. se convirtieron en su sombra. Vivir, sentir, era morir. Tuvo que esconderse del mundo. Practicó mucho hasta que aprendió a no dejar que las personas se acercaran demasiado.

Descubrió que a veces durante un segundo, a veces dos, la Muerte la olvidaba.

Se preguntó cómo recordar, cómo no olvidar.

Con su cámara de fotos empezó a robarle los momentos perfectos de su vida. Primero fue un álbum. Después fueron diez. Pero los álbumes pesaban y no podía ver todo a la vez. Entonces decidió usar una pared de su casa, pero también dejó de ser suficiente. Con los años cubrió los muros de instantes preciosos. Una mirada de su esposo, la luna creciente, los reencuentros, los cumpleaños, una gota de lluvia, las abejas y los amigos. Lo llamaba, “mi jardín de margaritas”

Pero hace unos días se dio cuenta que ya no quedaba nadie… sólo permanecían sus fotos. Esta vez ni siquiera el consuelo de su confidente pudo evitarlo.

Fue un día perfecto para morir.

Ej.1: "la vieja"

24October

Abrió los ojos, pero no podía ver. Intentó frotárselos pero su mano apenas pudo moverse. Quiso pensar pero su cerebro tampoco respondió. No recordaba su nombre, ni donde estaba. Palpó a su alrededor, estaba sentada en una silla, pero algo la sujetaba y le impedía levantarse. Pudo oír la televisión y a varias mujeres hablar a lo lejos. Decidió pedir ayuda. Las palabras no salieron de su boca. Solo fue capaz de emitir una especie de gemido que era más animal que humano. El blanco cegador desapareció con el paso de los minutos y percibió varias sombras a lo lejos. De nuevo intentó pedir ayuda. Fue inútil. Durante un segundo se hizo la claridad, reconoció sus manos, estaban arrugadas y sucias, poco a poco empezaban a moverse, recordó que era vieja . Miró su ropa, estaba sucia. Restos de comida se paseaban sobre ella. Intentó quitarse la chaqueta para sacudirla pero una especie de chaleco se lo impedía. Buscó la llave, una cremallera, pero no había nada semejante. Comprendió que estaba atada a la silla. Después de una hora había conseguido sacar los brazos de las mangas del chaleco, pero seguía sin poder levantarse. Sintió ganas de orinar. Gritó con todas sus fuerzas pero lo único que salía de su boca era aquel lamento seco. La ansiedad se desbocó. Ya casi no podía respirar pero con ayuda de los brazos intentó levantarse varias veces más. La silla se tambaleaba y pensó, que quizás, si caía al suelo podría desligarse de sus ataduras. Alguien le dijo. - Para.

Miró a su derecha pero apenas distinguió una figura, intentó tocarla; pero un manotazo en los dedos, la paró en seco. Entonces, se tiró al suelo. Su rostro golpeo contra la baldosa y la niebla se volvió roja. Sintió como su clavícula se rompía en pedazos. Estaba empapada en orina, el olor se le metió en el cerebro. A lo largo de las horas el frío se la fue comiendo poco a poco, empezó por los pies y cuando llegó al corazón, se relajó, por fin iba a morir.

Lo último que oyó fueron unos gritos a lo lejos: - ¡Niñas!, ¡ayudarme!, Isabel se ha caído de la silla de ruedas. ¡Llamar a la doctora, rápido! - Por Dios Isabel, ¿cómo no avisaste?, dijo la enfermera arrodillándose a su lado.

Quiso abrir los ojos pero no pudo. La sangre golpeaba su cabeza con fuerza. Fue el dolor del brazo el que la devolvió a la realidad. El pánico la oprimió. Estaba en el infierno, ahora lo sabía. Vomitó. Un lamento, dos, tres… cien.

Todo tiene un principio

24June

Mafalda y Felipe, Mikey y Donald, Don Quijote y Sancho Panza....yo tengo a Meizo. A él y a darle las gracias quiero dedicar esta primera entrada. Gracias por salvarme de mis atentados suicidas, de mi locura y de mis desastres. Gracias por estar al principio, en la batalla y por seguir estando, aunque la lucha haya terminado. Gracias, gracias, gracias por escuchar. Gracias por ser capaz de leerme el pensamiento. Gracias por compartir. Gracias por creerme. Gracias por mi primer ordenador y todo lo que eso implicó, por alentar mis primeros textos, por los libros, por la música y por tus fotos. Gracias por ayudarme a tomar decisiones, gracias por Luna Mentirosa...sólo espero que te sientas orgulloso. Pido a Dios, encontrar la forma algún día de devolveros a ti y a Almu toda las alegría y esperanza de que cosas increibles pueden suceder.